Feria del libro

Hace una semana finalizó la feria del libro de Bogotá. Como muchos lectores, creo que lo más parecido al paraíso son las ferias del libro. Te ofrecen la posibilidad de conocer escritores, encontrar libros raros y (ante todo) comprar muchos libros y en descuento.

En la realidad, sin embargo, las ferias suelen ser aglomeraciones de personas, hordas de estudiantes que están más interesados en juguetes y afiches que en libros, comida cara y libros aún más caros.

Estas incomodidades las anticipo y las acepto. Sé que para encontrar ese libro que hace que todo valga la pena voy a tener que armarme de paciencia, evitar la muchedumbre y estar dispuesta a dar vueltas y más vueltas.

Lo que no puedo aceptar es que el pabellón de Francia, invitado de honor de este año, haya sido tan decepcionante. Desde antes de que comenzara la Feria había leído en varios periódicos y revistas que el pabellón iba a ser una maravilla, con cientos de libros traídos directamente de Francia, un café parisino y un espacio destinado a cómics y libros para niños.

Lo que encontré, en cambio, fue un hangar poco acogedor con una selección desorganizada de libros y muchos que ni siquiera eran de autores franceses. Por ejemplo, había una selección desproporcionada de libros de Coetzee. Sí, es un buen escritor y uno de los invitados más ilustres de la Feria este año pero ¿por qué tener libros de él en el pabellón de Francia si se podían conseguir en casi cualquier otro stand? (repito: invitado de honor). Entre los libros de autores franceses había dos categorías: best sellers (Houellebecq a la lata) y algunos clásicos escogidos sin orden ni concierto. Pero lo peor, para mí, fue la falta de libros en francés. Esa era mi gran ilusión. Los que vivimos en este país sabemos lo difícil que es conseguir libros en otros idiomas a buen precio (que no sean en inglés y aún así, pero este es tema de otro post).

Algunas librerías independientes han hecho esfuerzos por traer libros en francés, pero todavía no es fácil (ni barato) conseguirlos. Así pues, cuando supe que el invitado de honor iba a ser Francia me imaginé hileras de libros en francés, tanto clásicos como autores nuevos, desconocidos. Y no solo novelas, también filosofía, historia… En realidad, solo había unos cuantos ejemplares refundidos entre los anaqueles.

Entiendo que el propósito del pabellón fuera acercar el público colombiano a esa literatura y que no muchos leen en francés, pero con que tuvieran reservado el 10% o el 20% habría sido más que suficiente. Pero no. El único libro en francés que conseguí fue la novela gráfica de “L’arabe moderne” (libro que les recomiendo, por cierto) pero tampoco en novela gráfica había mucho aparte de Asterix y Tintín (que es belga, cabe anotar).

Con todo esto, no quiero decir que la feria haya sido una pérdida de tiempo. Entre los stands de editoriales y librerías independientes encontré varias joyas y me fui a mi casa contenta a pesar de todo.

Chimamanda Ngozie, inmigración e identidad.

En marzo la novela Americanah, de la escritora nigeriana Chimamanda Ngozie Adichie ganó el concurso “One book, One New York”. Esta es una iniciativa que propone la lectura de un libro de manera simultánea en la ciudad de Nueva York, acompañado de una serie de eventos. Es curioso que el libro de una escritora nigeriana le haya ganado a libros emblemáticos como Un árbol crece en Brooklyn, pero, teniendo en cuenta que de los libros propuestos muchos son de inmigrantes, esta elección nos recuerda que Nueva York es una ciudad no solo habitada sino también narrada por inmigrantes.

El libro de Chimamanda comienza con Ifemelu, una mujer nigeriana que está a punto de dejar Estados Unidos para regresar a su país. El libro se mueve entre el pasado y el presente, mientras Ifemelu recuerda su vida y las razones que la llevaron a irse de Nigeria. En especial, Ifemelu recuerda a su novio de adolescencia, Obinze.

El libro trata de temas como la identidad. Ifemelu está constantemente entre dos culturas. En Estados Unidos descubrió la realidad detrás del sueño americano y tuvo que lidiar con el problema de la raza y la identidad. A los recuerdos de Ifemelu se intercalan entradas de su blog donde examina el racismo en Estados Unidos. Como ella misma lo dice, antes de vivir en Estados Unidos no tenía conciencia de la raza. Pero allí descubre que todos están obsesionados por clasificarse, por identificarse, por medio de la raza y el color de piel. En su blog, ella analiza el lenguaje, los estereotipos de belleza, etc. a la vez que se reconcilia con su propia identidad. Algunos consideran que estos pasajes no aportan mucho a la novela y se sienten forzados. A mí me pareció que sí son interesantes así a veces fueran un poco repetitivos.

Volviendo al tema de la identidad, “Americanah” es el término que usan en Nigeria para referirse a los que se fueron a estudiar o trabajar en Estados Unidos y regresan “americanizados”. Son, por lo tanto, personas entre dos mundos, rechazados (y admirados a la vez) por sus compatriotas.

Obinze, el otro personaje central de la novela, sirve de contrapunto a la voz de Ifemelu. A los capítulos centrados en Ifemelu se intercalan los capítulos narrados por él. Obinze siempre soñó con irse a Estados Unidos, pero no lo logra. En cambio, termina en Londres, donde conoce la realidad de los inmigrantes sin papeles, la incertidumbre y la miseria. Las historias de Ifemelu y Obinze nos muestran dos caras de la inmigración, pero tienen en común que los muestran como personas entre dos mundos, que no terminan de encontrar su lugar.

Un último tema que me parece interesante en este libro es la feminidad. Al reconciliarse con su raza, Ifemelu también se reconcilia con lo femenino. Este tema es muy importante para Chimamanda Ngozie. La autora también es reconocida por su defensa del feminismo, especialmente en la TED talk “We should all be feminists”, donde analiza el problema del machismo en Nigeria. Según Ngozie, la sociedad nigeriana es todavía muy tradicional y le da mucha importancia al matrimonio y la maternidad para las mujeres. Ifemelu en este sentido no es tradicional, se opone a este modelo, lo que también muestra lo alienada que está dentro de la sociedad nigeriana.

Les dejo una entrevista con la autora y el vídeo de la TED talk.

http://www.huffingtonpost.com/entry/chimamanda-ngozi-adichie-americanah-one-book-one-new-york_us_58cab8fae4b0be71dcf23455

 

 

 

Nuevos Libros

No sé si como lectores les ha pasado que, cuando les gusta un autor, se obsesionen. A mí, cuando encuentro un autor que me gusta tengo que leer todo lo que haya escrito y estoy pendiente de cada obra nueva que publique. Hoy quiero hablar de los dos últimos que compré: primero, el libro más reciente de Zadie Smith. Swing Time, como el título sugiere, gira alrededor de la música. Es la historia de dos amigas (Tracey y una narradora sin nombre) que vienen de mundos diferentes, pero que se unen a través del baile. He leído varias obras de Zadie Smith, pero la que más me gustó es White teeth, su primera novela. Esta gira alrededor de dos familias en el Norte de Londres. Una es la familia de Archie, un inglés típico, su esposa Clara, una jamaiquina varios años menor que él, y su hija, Irie. La otra familia es la de Samad Iqbal, un bengalí musulmán (y antiguo compañero de armas de Archie), su esposa Alsana y sus hijos gemelos, Millat y Magid. A través de la historia de estas familias, Smith trata temas que se volverían recurrentes en sus siguientes obras tales como la inmigración, la raza y la identidad. Smith trata estos temas difíciles con mucho humor y con un gran manejo del lenguaje.

El otro libro es Moonglow, de Michael Chabon. Este libro, una saga familiar, levemente autobiográfica, ha recibido ya críticas muy elogiosas. De Chabon había leído The Yiddish Policemen Union y Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay. El primero, aunque es un libro original y divertido, no me gustó tanto, pero el segundo, que le valió al autor el premio Pulitzer en 2001, me encantó. Kavalier y Clay son dos primos. El primero nació en Nueva York, el segundo llega a Estados Unidos desde Praga huyendo del nazismo. Clay, como todo buen americano, sueña con ser rico y famoso y se la pasa urdiendo planes para lograr este objetivo. Kavalier, por su parte, es un talentoso artista, entrenado en el arte del escapismo a lo Houdini. Los dos unen sus talentos para crear cómics. La novela es una historia sobre la ambición, la amistad y el amor, enmarcada en la época dorada de los cómics.

 

Joel Dicker

Siguiendo con el tema de “autores que me gustaría conocer”, que mencioné en la entrada anterior, esta semana tuve la oportunidad de ver en una charla a Joel Dicker, autor de la aclamada novela La verdad sobre el caso de Harry Quebert (2012).

El autor estuvo en la librería Lerner, en Bogotá, presentando su última novela, El libro de los Baltimore (2015) y respondió preguntas sobre diversos temas.

Por ejemplo, una pregunta que yo me había hecho es ¿Por qué un autor suizo escribe novelas que transcurren en Estados Unidos? Tanto La verdad como El libro de los Baltimore tienen lugar en la costa este de Estados Unidos. Dicker explicó que la razón de esto es muy simple: conoce bien esta zona de Estados Unidos y le pareció mejor que la novela transcurriera en un sitio alejado, de manera que los lectores no lo relacionaran con Marcus Goldman, el protagonista de ambas obras. Pero, además, siente que los autores de su generación ya no tienen por qué estar anclados en su lugar de origen. Dicker ya no se define tanto suizo como europeo.

Por otro lado, es curioso que las dos novelas tengan al mismo narrador y protagonista. Dicker explicó que retomó el personaje de Marcus en El libro de los Baltimore porque sentía que aún no había contado toda su historia y que, a pesar de haber escrito más de seiscientas páginas desde su punto de vista, aún no sabía nada sobre él. Goldman, entonces, es un personaje que vive más allá de su autor. Incluso, cuando se le preguntó si Marcus aparecería en su próxima novela, el escritor confesó que lo ignora, ya que nunca planea sus libros antes de escribirlos.

Este personaje de Marcus Goldman lo llevó también al tema de la escritura. Al comienzo de El libro de los Baltimore, Marcus Goldman se define a sí mismo como “el escritor”.  Al igual que Marcus, Joel Dicker siempre supo que quería ser escritor.  Antes del éxito de La verdad (un thriller muy bien escrito que, por cierto, recomiendo con entusiasmo) Dicker había escrito seis novelas de las cuales solo una, Los últimos días de nuestros padres, tuvo algo de reconocimiento en Francia. Sin embargo, la idea de ser exitoso nunca fue su motivación para escribir novelas. Joel Dicker escribe sencillamente porque no se ve haciendo otra cosa.

Luego, habló sobre sus influencias y sus lecturas. Primero, mencionó la literatura francesa de la posguerra, a la que definió como una literatura donde el lenguaje es más importante que la historia. Otra gran influencia fue la literatura rusa que, por el contrario, consiste en dramas humanos que envuelven al lector hasta el punto de que uno ya no le importa quién es quién y se deja llevar por la historia. Por otro lado, Dicker confesó haber leído poca literatura latinoamericana, aunque conocía la obra de García Márquez: la describió como una literatura de los sentidos, llena de personajes que viven, sueñan y sufren. Todas estas influencias se pueden ver en sus novelas, que están llenas de referencias literarias a la vez que proponen tramas complejas y entretenidas, que atrapan al lector desde el primer párrafo.

Virginia Woolf en Manhattan, reseña

La semana pasada, el miércoles 25 de enero, se celebraron 135 años del nacimiento de Virginia Woolf. Esta escritora británica es reconocida por obras pioneras del feminismo como Una habitación propia (1929), donde defendió el derecho de las mujeres a trabajar y a llevar una vida productiva. También escribió varias novelas como Mrs Dalloway (1925) y Orlando (1928). Hacía parte del llamado grupo Bloomsbury conformado por intelectuales y artistas. Para aquellos que les interesa saber un poco más de esta escritora recomiendo ver este homenaje ilustrado a su vida (en inglés) https://www.brainpickings.org/2016/04/12/virginia-woolf-alkayat-cosford/

Cuando me preguntan qué escritores, vivos o muertos, me gustaría conocer, Virginia Woolf está entre las primeras de la lista.

Esta premisa y la pregunta de ¿qué pasaría si Virginia Woolf volviera a la vida hoy en día? son las que dan origen a la novela de Maggie Gee, Virginia Woolf en Manhattan.

Ángela Lamb, escritora y académica especializada en Virginia Woolf viaja a New York con la idea de revisar los archivos de la escritora en la “Berg Collection”. Y allí, de repente, Virginia Woolf se aparece ante ella. Después de unos momentos de confusión, Ángela la reconoce y pasan un día en Manhattan mirando escaparates de librerías.

Terminan viajando juntas a Estambul a una conferencia internacional sobre… Virginia Woolf. Ángela pronto descubre que su ídolo es bastante diferente de la imagen que se había hecho de ella (como, supongo, nos ha pasado a varios lectores cuando conocemos a nuestros autores favoritos). Por un lado, hay un choque cultural y temporal: a Virginia Woolf le desconciertan muchas cosas modernas. Por ejemplo, no entiende por qué es tratada con familiaridad por Ángela. Por otro lado, Ángela, con la arrogancia que caracteriza a algunos académicos, no tolera que Virginia se aleje de la imagen que se había hecho de ella. Le parece anticuada

En paralelo a esta historia tenemos la de Gerda, la hija de Ángela, que se sentía abandonada por su madre, se escapa del colegio y vive toda clase de aventuras.

La novela está narrada a través de las voces intercaladas de estas tres mujeres, muy distintas entre sí.

No es una novela perfecta, me parece que la trama de Gerda a veces se alarga demasiado, distrayendo al lector de la historia de Ángela y Virginia. También me parece que a veces Virginia Woolf parece superficial, caricaturesca incluso. Sin embargo, también es bueno verla alejada de la típica imagen de locura y suicidio. Si han leído sus obras, es notorio el humor que ella manejaba, la sátira social.

La novela de Maggie Gee es diferente y es una lectura entretenida tanto para los que ya conocen (y admiran) a Virginia Woolf como para aquellos que apenas han oído hablar de ella. La novela también explora distintos temas como las relaciones entre mujeres, la literatura, el amor y la muerte.

Patti Smith y el Arte, reseña

El año pasado, por primera vez, el premio Nobel de literatura fue concedido a un cantautor: Bob Dylan. Dylan no estuvo en la ceremonia de premiación. En su lugar, la cantante y poeta Patti Smith interpretó una emotiva versión de “A Hard Rain’s A-Gonna Fall”, de Dylan. Su emoción es tal que se le quiebra la voz y debe interrumpirse. Al final, el público también está conmovido, algunos lloran sin disimulo.

Después de ver este concierto quise saber más de Patti Smith. Había oído hablar de ella y leído fragmentos de su poesía, pero sabía muy poco sobre su vida así que busqué su libro de memorias Just Kids. Este libro es su autobiografía, así como un conmovedor manifiesto artístico. Smith nos narra su infancia marcada por la pobreza y la enfermedad en New Jersey y el comienzo de su carrera artística en Nueva York.

Patti Smith llegó a Nueva York en 1967, sin dinero y apenas con la ropa que tenía puesta, pero con la convicción de convertirse en una artista como sus ídolos: Rimbaud y Bob Dylan. El libro es, entonces, una ventana a la agitada vida cultural de Nueva York a finales de los 60 y comienzos de los 70. Smith, por ejemplo, describe esta escena habitual en un bar al que iba con cierta frecuencia:

“En la mesa a mi izquierda, Janis Joplin celebraba corte con su banda. A mi derecha estaba Grace Slick y los Jefferson Airplane, junto con miembros de Country Joe and the Fish. En la última mesa de cara a la puerta estaba Jimi Hendrix, con la cabeza agachada, comiendo con su sombrero puesto, enfrente de una mujer rubia”.

Este bar queda enfrente del famoso Chelsea Hotel, dónde Patti Smith y su novio Robert Mapplethorpe vivieron unos meses. Este hotel es el lugar mítico donde murió el poeta Dylan Thomas y que, a lo largo del siglo XX, fue hogar de innumerables actores, artistas y músicos. Era un refugio para los artistas desposeídos (el hotel aceptaba que los huéspedes pagaran con obras de arte) y un lugar de encuentro, de puertas abiertas.

El libro también es una carta de amor, dedicado a Robert, un artista que como ella estaba en una intensa búsqueda estética. Ellos dos tuvieron una larga y tumultuosa relación. Se apoyaban, se ayudaban en sus proyectos artísticos, en las dificultades (económicas y de salud); se separaron y reencontraron varias veces.

A pesar de todas las dificultades que enfrentaron Patti y Robert, ellos se mantenían siempre inocentes y optimistas, tal y como lo refleja el título: como niños. Estaban convencidos de que el arte siempre triunfa, ser un artista es lo más importante. Smith es también consciente del trabajo que conlleva ser un artista, habla de sus influencias e inspiraciones, de la reescritura obsesiva de sus poemas. Esto la llevaría a grabar, finalmente, su icónico disco Horses (1975), que lanzaría su carrera artística y le daría fama internacional.

Visita a la exposición “Voces intimas, retratos e imágenes de mujeres artistas”:

La exposición (en el Museo Nacional de Bogotá) propone una selección de obras de varias artistas colombianas del siglo XX y XIX. La exposición incluye cuadros de artistas aclamadas como Débora Arango, que revolucionó a la sociedad colombiana con sus desnudos femeninos, así como esculturas, cuadros y vídeos, alrededor de diferentes ejes tales como: el hogar, el cuerpo, el deseo y los diarios.

Aunque fue interesante ver como, con técnicas y estilos variados, las diferentes artistas abordaron estos temas, me parece que faltó darles más contexto a las obras presentadas. Lo noté, en especial, en la sección de los diarios que presentaba los textos de la escritora Soledad Acosta (1833-1913).

La escritura de diarios era una práctica común entre las jóvenes de la burguesía europea pero no tanto en Colombia, donde el analfabetismo era alto entre las mujeres, incluso las de clase media y alta. La escritura femenina era mal vista por muchos ya que se pensaba que distraía a las mujeres de su papel de madres y esposas.

Los diarios de Soledad Acosta son, por lo tanto, un raro testimonio de la vida de una joven bogotana del siglo XIX. También son un registro detallado de sus lecturas y reflexiones filosóficas acerca del amor, la sociedad, la condición de la mujer, etc. Acosta tuvo una educación privilegiada para su época (estudió en Francia y hablaba varios idiomas). Fue periodista y escribió numerosas novelas y cuadros de costumbres. Me parece que en la exposición se podría haber mostrado mejor la singularidad de estos diarios.